Computación electrodoméstica
Recuerdo, hace ahora un cuarto de siglo, cuando mi abuelo se afanaba en explicarme con detalle el funcionamiento del motor de cuatro tiempos -uno de los inventos más asombrosos del hombre, decía- pensando en que los fundamentos de la mecánica motriz me resultarían de provecho a efectos prácticos algún día. En aquellos tiempos lo habitual era que “el hombre de la casa” tuviera ciertos conocimientos técnicos de mantenimiento cuando se enfrentaba a la compra de su primer vehículo ya que era normal que los niveles de aceite, agua y temperaturas de distintos componentes se midieran de forma manual y cada uno lo hacía por sí mismo. Mi padre también daba importancia a aquellos, en su mente, imprescindibles requisitos de cultura general que intentaba transmitir a mi hermana cuando sacó el carnet a finales de su adolescencia. Los coches eran por aquel entonces, máquinas poco fiables a las que había que tratar con mimo y emplear tiempo en su mantenimiento. Hoy en día ya sabemos todos como va esto: te compras un coche y cada ciertos kilómetros pasas por tu servicio técnico donde le enchufan un cable e informa a un ordenador del estado del vehículo, sin intervención ni del usuario ni del servicio de asistencia humano que sólo actúa en un posible cambio de piezas por desgaste.
En paralelo, a finales de los ‘60 en EEUU, culminaba un cambio si cabe mas radical: la transmisión automática, de larga tradición en este país desde la introducción del icónico Modelo T de Henry Ford, reemplazaba de forma generalizada a la manual proporcionando al usuario novel una forma mas sencilla de aprender la conducción, centrándose en lo que tiene delante y dejando atrás complicadas estrategias de cambios manuales que, aunque una vez dominadas por repetición resultan sencillas, siempre supone una curva de aprendizaje ciertamente intimidatoria. El logro técnico en este caso consistió en abstraer la transmisión del proceso de conducción y reducirlo a su esencia: el deseo de trasladarse de un punto a otro.
En 1962 Thomas Kunh propuso la teoría del “Salto Paradigmático”: el avance científico no es gradual y evolucionario sino que son una serie de periodos de calma interrumpidos por revoluciones intelectuales violentas en los que una manera de ver el mundo es reemplazada por otra, en ocasiones antagónica. Son innumerables los casos que se dan en la historia en los que nuevos métodos técnicos reemplazan a los antiguos, no sin antes provocar conflictos con quienes mantienen que el método clásico es el correcto: el paso del Sistema Ptolemáico al de Copérnico, el cambio de la física clásica de Newton a la moderna del relativismo y la física cuántica…
De forma clara, el nacimiento de Internet está sembrando la posibilidad de un salto paradigmático social, si acaso frenado por la falta de penetración en determinados estratos de la sociedad, en gran parte por falta de familiaridad con las máquinas computacionales. Si, existe el ordenador personal, pero es una máquina intimidatoria y poco fiable que requiere emplear tiempo en su aprendizaje y mantenimiento. Sin embargo es notable que en los últimos años se haya retomado la idea de un cambio paradigmático en el mundo de la computación. Esta sensación de cambio inminente se ha visto reforzada por el enorme avance que ha tenido la informática de bolsillo en virtud de la telefonía móvil en los últimos ocho años. Mientras en los ‘60 y ‘70 dicho cambio se adivinaba lejano (reflejado en el futurismo pop) las tecnologías de las que hoy disponemos hacen pensar en que los modelos de interacción clásicos como el teclado, el ratón y -sobre todo- la metáfora del escritorio y el sistema de ficheros están agotados por su propia complejidad. Si hay algo que me sorprende del mundo de la tecnología informática, con todo su vertiginoso avance, es ver como se ha mantenido inercialmente en determinados paradigmas de interacción durante casi treinta años. Durante todo este tiempo hemos estado viviéndola en modo manual.
Es paradójico que a medida que la tecnología es cada vez más compleja la forma de interactuar con ella se vuelve cada vez mas simple, escondiendo los detalles técnicos al usuario, permitiéndole centrarse en la acción. Los ordenadores que la amplia mayoría de las personas usarán en un futuro se parecerán más a un electrodoméstico: una lavadora, un microondas, un televisor… le das a un botón y haces lo que deseas, sin necesidad de saber siquiera qué es un ordenador, sólo para lo que sirve. En parte esto será posible por la revolución que han supuesto los teléfonos móviles, en la práctica ordenadores de interfaces abstraídas. Por otra parte habrá personas que prefieran o necesiten el método manual -bien por su profesión, bien por hobby- pero a diferencia de hoy serán una minoría.
Como he expresado anteriormente no me gusta hablar del futuro porque es cambiante e imprevisible pero en este caso no estoy hablando del futuro, sino de un dispositivo que estará en las tiendas en un par de meses, el primer ordenador de la era moderna. Si, ha habido intentos similares por parte de otros, intentos que han quedado en prototipo en muchos casos, intentos que se han quedado en meras demostraciones o intentos en los que -bien el hardware, el software o ambos- han quedado cojos o fallan en el apartado ergonómico. Utilizando las mismas metáforas visuales y vocabulario gestual de otro ordenador mas pequeño que ya funcionaba como un electrodoméstico -uno que el gran público ya sabe manejar- han puesto en la calle el primer computador que funciona en modo automático, el primero que permite que te concentres en las tareas que quieres hacer y en nada más. El primer ordenador que, en definitiva, hace desaparecer al ordenador y todo lo que conlleva, llevándote del punto A al B. Cuando además la presentación de dicho dispositivo levanta ampollas entre los eruditos de la informática clásica sabemos sin lugar a dudas que estamos además ante el comienzo de un cambio paradigmático.